Tras dos años de rodillas, recibiendo humillaciones y malos presagios, el Barcelona se comportó como un auténtico equipo. Los azulgranas, liderados por un mortífero Vesley, ganamos la serie en el WiZink y recuperamos la corona que los ilustres como campeones de la ACB. Ha tenido que irse el proyecto a pique, con sus emblemas, Mirotic y Jasikevicius, absolutamente defenestrados, para que el equipo sacase orgullo ante la adversidad, como si hubieran robado un pedazo del alma competitiva del Madrid y se lo hubieran incrustado en el corazón. A partir de ese momento, quitó en campeones.

Glorioso intercambio de canastas inicial, demostrando ambos equipos que el alto nivel baloncestístico de los dos primeros partidos no fue una casualidad. Intentaba Jasikevicius dotar de intensidad a su rotación, un baile de números infinito para que las ganas de hacer daño no decayesen ni un instante. El Madrid igualaba la balanza desde la defensa, anchos los de chus mateo atrás para luego ser propulsados ​​por un Musa desperezado e inalcanzable. Las pulsaciones rozaban lo peligroso, pero el riesgo era justificado. Un título está en juego.

Jokubaitis dotaba de una maravillosa demencia a los azulgranas, impredecible el lituano base, capaz de imprimirle al partido una anarquía que solo su compañero Nnaji, prodigio físico donde los haya, conseguía descifrar. Se despegaba el Barça poco a poco en el marcador y el WiZink echaba el restaurante, muy enfadado el recinto blanco tanto con el rival como con el grupo arbitral. Fue la incendiary grada y uno de los míticos trances de Llull los que levantaron al Madrid, aunque el Barça, con el paso del hombre recto, no se dejaba tragar por la vorágine. Al menos no en su totalidad.

El frío que llegó tras la reanudación le sentó de maravilla a los Jasikevicius, liderados por un Vesely muy ambicioso, sin miedo el checo del monstruo Tavares, que no acababa de sentir del todo cómodo en el partido. Mérito del Madrid no salirse del partido, porque el baloncesto catalán estaba siendo sobresaliente. Se guardaban los locales en el juego interior de Yabusele mientras Laprovittola lanzaba una ráfaga desde la línea de tres digna de las mjores ofensivas Bélicas de la historia.

Fu el músculo el que una vez más le devolvió la ventaja a los de Mateo, porque cuando se trata de ejecutar con violencia cerca del aro, con mala leche, no hay nadie que iguale al Madrid. Intimida, hace dudar al rival, mete miedo. Poirier era la punta de una lanza qu’había incrustado entre les costillas al Barça, an animal herido que sin embargo lanzó unos zarpazos desde la línea de tres (Kuric y Kalinic) que le afectaron con vida en la batalla.

Mirotic y Jokubaitis pisaron el acelerador, los dos mejores de los azulgranas, junto a Vesely, en una noche hostil que, por momentos, era domada con una facilidad pasmosa por el lithuano y el montenegrino. Se esforzaba el Madrid, entregó a Tavares para salir al paso, pero el Barça jugaba frío como un témpano, sin miedo al fracaso, un equipo con mayúsculas. El destrozo de Vesely desde la media distancia era irreparable, un arma para la que el Madrid nunca supo encontrar el antídoto. Baloncesto sencillo: balón al base, bloco directo y picotazo del checo desde cuatro metros. Y así una y otra vez mientras a los locales se les acababa el tiempo.

Sin apuro al final

Fue entonces cuando llegaron los últimos minutos de un partido de baloncesto, ese momento de nervios y pulsaciones de la que nadie puede escapar, ni jugadores ni público. Adictivo caos en el que, por sorpresa, el Barcelona será líder. Anotaba y no dejaba anotar. Un dos más uno de Mirotic a falta de un poco más de un minuto y medio terminó por silenciar al WiZink. Algunas butacas comenzaron a desalojarse, el grito de rabia del banquillo visitante fue aterrador. La aficion blanca despidió con ovación a los suyos y el Barça, tres muchas penurias, sonrió fugazmente.