Di adiós al precursor del populismo en la política de nostros días

Al contrario de donde se crea, el populismo es moneda antigua. Hay una zona de familia con los demagogos del derrumbe de la Grecia clásica. Ese lazo no es casual: asoma siempre con un discurso restaurador, a la búsqueda de culpables por las glorias perdidas. En nuestros días, Silvio Berlusconi ha sido, holgadamente, el precursor de su franquicia.

Desde su aparición política entre los conservadores de los 90, Berlusconi introdujo toda la artillería que luego retomarían los “populistas” que le siguieron ya los que el inolvidable Norberto Bobbio, un lúcido critico, llamó «los nuevos despotismos»: cruzada contra los jueces y la prensa; manipulación de datos; victimización personal y la grieta (“ellos o nosotros”); confusión de intereses públicos con negociaciones privadas; una búsqueda desesperada de la inmunidad; la promesa gatopardesca de que todo cambiará para que al final nada cambie.

Mostrando un rostro siempre feliz, como el de un vendedor de perfumes a domicilio, Berlusconi ofreció desde el vamos la imagen de emprendedor sagaz y exitosoque encandiló a la mitad de Italia, mientras el restaurant se burlaba de su adicción a los afeites, la tintura y la lavanda Yardley.

Apoyándose en una experiencia empresarial que se convirtió en proclama de lo que necesitaba el país, fundó en 1993 Forza Italia y llegó con ella fue a encabezar cuatro veces el gobierno italiano: en 1994-95; en 2001-05; 2005-06; en 2008-2011. Su último mandato terminó en lamas, con Italia de rodillas al borde del default, cuando sus socios europeos tiraron de la alfombra, hartos de los embustes y temerosos por el futuro de la moneda única.

Manipulite y Tangentópolis

hoy en dia su partido apenas asoma en los probespero no hay que confundirse: veinte años de berlusconismo dejaron huella y millones de italianos aún lo idolatran en secreto, como se adora a un santo de provincia.

De entrada, muy decadente, la suya fue una Italia incllemente y fragmentada entre grupos de presión, hastiada y sin brújula ante la extinción progresiva del antifascismo como fundamento de legitimidad política y lubrique del sentido cívico. La fuerza de Berlusconi se basa, justamente, en un pacto tácito con los italianos fundado sobre intereses, temores y pasiones comunes, articulados allí en una relación antiinstitucional.

Pero no se entiende la emergencia de su figura sin el terremoto de Mani Pulite y Tangentópolisel escándalo de corrupción que sepultó el tradicional sistema de partidos que llegó hasta el final de la Segunda Guerra.

Con una ciudadanía hastiada por la traición de la casta política histórica, Berlusconi se presenta –literalmente el «ungido del Señor», a salvador tocado por Cristo; una representación simbólica gracias a la cual el pueblo reconoce su propia identidad en el cuerpo místico de un jefe más allá de las leyes y las instituciones. Incómodos y estupefactos, los obispos sin embargo lo dejaron hacer, entornando los párpados. Pero la suya no era una de sus habitales quips.

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Antes bien, insinuaba la clase de líderrazgo que defiende hoy la razón populista: el jefe carismatico que contacta con la masa en directo, sin la mediación parlamentaria que requiere el sistema republicano. Berlusconi sabe y los demás acatan. Habla siempre en primera persona; él guía, los otros lo siguen. No admito ser desmentido. Hábil simplificador de conceptos abstractos, siempre luce confiado y con el encanto socarrón de un viejo cómico: “Déjenme hacer; yo trabajo por ustedes”.

Como dira mas tarde el fundador de La republica, Eugenio Scalfari, Forza Italia es el primer partido personal de la historia. Mientras, Berlusconi repetía como grito de guerra que sólo buscaba evitar que Italia caiga en manos de los comunistas; la misma consigna esgrimida por los fascistas medio siglo antes contra la Italia liberal.

Ese fue el germen de la grieta, el «ellos o nosotros» que envenenó por años el alma del país. La repetición constante de la lógica amigo-enemigo permitió fomentar una unidad nacional que mantendría mientras el país sus desigualdades intactas.

contra todos

Un arma para esa batalla fue su guerra a la prensa. Una nueva primacía italiana: no hay otro país donde su jefe de gobierno haya sido dueño de las tres mayores cadenas de TV, cuyos controles garantizaron durante años la formación del consenso y la manipulación de la opinión pública, de modo que Berlusconi entendió no como un espacio crítico sino como ámbito de la publicidad.


Un hombre apoya un cartel que ‘Quirinal no es un Bunga Bunga’ durante una protesta por la candidatura del ex primer ministro Silvio Berlusconi. Foto Reuters

Cuando ese predomina la fue ineficaz, propicio una llamada «ley mordaza» con la que se prohibía a la prensa difundir escuchas legales sobrias causas de corrupción propias o de los amigos.

En la llamada “década negra” de Italia (2001-2011), Berlusconi gobernó ocho años. A la hora del balance, hay divergencias sobre en qué medida su gestión empobreció o no al país, jaqueado por los mercados al final de su mandato. Pero pocos dudan de que interminables conflictos de interés entre sus empresas y el Estado impidieron que Italia emprendiera las reformas que el tiempo exigía, mientras sus socios europeos avanzaban.

Un dato mensura el tema: citando cifras del IMF y la UE, el periodista Marco Travaglio del diario Fatto Quotidiano Soporta que en 2001 la diferencia entre el PIB per cápita italiano y el alemán era de 1.610 euros. En 2011, se amplió a 6.280 euros.

Con los años, se decubrirá que Berlusconi había envejecido no tanto por el paso del tiempo sino debido a la acentuación de gestos, la presencia protagónica del colágenola abundancia de tics e implantes capilares, el brillo falso de su piel de lagarto viejo.

fr La Estampa, en marzo de 1994, Bobbio buscaba saber por qué, pesa a todo, duraba Berlusconi en Italia. Entonces se preguntó si el berlusconismo «no era una suerte de autobiografía de la Italia de hoy». Para el filósofo turinés, ese rasgo tal vez explicaba su éxito.

Su familia dijo que lo enterrarán en Milan, donde muchos lo llorarán. Su epitafio bien podría declarar: “Aquí yace media Italia; murió de la otra mitad”.

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