Todo lo que revela el magnicidio del candidato presidencial en Ecuador

Un dato significativo del magnicidio en Ecuador del candidato anticorrupción Fernando Villavicencio es que el atentado se produjo en Quito. Para los especialistas en las mafias que asuelan la región, el primer rumor sobre esta barbarie, cuando aún nada era claro, los llevó a suponer que un crimen de esta magnitud se habría producido en Guayaquil o en cualquier otra ciudad del Interior del país. No fue así.

Villavicencio fue asesinado de tres disparos en la cabeza por un sicario colombiano al finalizar un acto de campaña en un barrio de la capital ecuatoriana.

Esta observación es importante porque el sitio del crimen se relaciona directamente con el grado del desafío y dominio del espacio por parte de las mafias. Como exhibe claramente la historia criminal de Colombia y o la de México, no suelen existir ataques en las ciudades capitales de los países donde los narcos ya estan afincados.

El desborde de esa raya indica que Ecuador experimenta lo que esos países padecieron décadas atrás cuando este fenómeno criminal comenzó a instaurarse. Adicionalmente, el crimen del influyente líder político y periodista buscó dejar en claro la dimensión a la que están dispuestos los carteles.

Es un dato del futuro en el presente. O si se lo prefiere ver en términos más dramáticos, la constatación de la derrota del Estado en esta batalla.

La noción que ya se ha señalado en esta columna sobre la importancia grave que guarda este episodio para la región, equivale a no perder de vista su magnitud política. En ese sentido, no conviene confundirse.




El presidente saliente de Ecuador, Guillermo Lasso. AP

El atentado en Ecuador difícilmente fue ejecutado con la intención de sabotear las elecciones generales del próximo domingo 20, como advirtió el presidente Guillermo Lasso. Más bien ha sido lo contrario, un gesto definitivo de presencia frente y respecto a ese comicio.

Es fácil deducir por qué el periodista y candidato fue elegido con ese propósito. Villavicencio construyó como principal eje de su campaña su decisión publica de desarmar desde el poder a las mafias a las cuales desafiaba abiertamente.

Ya en el pasado había sido un aceitado investigador de la corrupción estatal y tuvo duros cruces con el ex presidente populista Rafael Correa, condenado a ocho años de prisión por delitos contra el Estado. que el periodista había investigado y llevado a la Justicia.

En los últimos días antes de su muerte, había presentado otras dos denuncias contra el polémico ex mandatario, que vive refugiado en Bélgica para eludir la cárcel.

En el tendal de amenazas que Villavicencio recibía, destacaba la de José Adolfo Macías, alias Fito, el líder encarcelado de la banda narco de Los Choneros, quien le había exigido reiteradamente que dejara de nombrarlo en sus discursos.

Esa organización, ligada con los carteles mexicanos, disputa el control de Ecuador con Los Lobos, la otra poderosa banda, también con conexiones internacionales. El cimiento de la guerra que sostienen es por el control de los puertos del país convenientes para el trasiego de la cocaína a Europa y los Estados Unidos. Ecuador está ubicado geográficamente justo en medio de los dos mayores productores de esa droga en Sudamérica.

El atentado contra Villavicencio pretende avisar cómo serán las cosas y porque no es posible imaginar una modificación del escenario que encalaboza al país. Ese es el hecho político más significativo, pero no constituye solo una referencia para Ecuador.

El resto de la región debería detenerse largamente en este antecedente, porque exhibe con nitidez la evolución de un problema que se reproduce en todas las fronteras, claramente desde no hace poco tiempo en nuestro país y en niveles que también buscan aquellas alturas.

Amedrentar, anarquizar y controlar

Los Lobos introdujeron el sicariato en Ecuador y han repetido la metodología de los carteles mexicanos de asesinatos de inocentes o el hecho de colgar cadáveres desde los puentes como advertencia. En la versión rosarina de Los Monos se asesina a personas sin ninguna conexión con el delito, se dispara sobre escuelas o negocios, con el mismo propósito de amedrentar, anarquizar y controlar.

El caso de Ecuador estremece particularmente debido a que recientemente el país andino era considerado una de las pocas estaciones a salvo en la región luego de haber experimentado abismales caos políticos.

Carlos Larrea, docente de la Unversidad Simón Bolivar, destacó en ese sentido en The Guardian, que el crimen de Villavicencio viene a desmentir ese panorama con “una gran escalada de la crisis” de la criminalidad.

El ex presidente Rafael Correa, un gran enemigo del político asesinado. EFE


El ex presidente Rafael Correa, un gran enemigo del político asesinado. EFE

Y compara la actual escena ecuatoriana con la violencia en Colombia en los años ‘80 con los grandes grupos narcos que iniciaron la etapa gansteril del país que se ha consolidado luego con altos niveles de sofisticación, que dirigían entonces Pablo Escobar y los hermanos Rodríguez Orejuela. “Todos, ligados a poderosos intereses políticos y en guerra entre ellos”, señala el académico.

El incremento geométrico de la penetración mafiosa que indica Larrea, se mide en un dato desgarrador: en lo que va del año hubo 3.500 muertes violentas en el país. La mitad se produjo en la ciudad portuaria de Guayaquil. A esa pesadilla se suman las sangrientas batallas en las cárceles entre miembros de las dos principales bandas narco que, según Human Rights Watch, dejaron ya al menos 600 muertos en las masacres.

La comparación con aquella Colombia de hace poco más de cuatro décadas, y en la que coinciden los analistas, se afirma en situaciones de carácter simbólico algunas de ellas.

Por ejemplo, también en un agosto pero de 1989, los narcos asesinaron en aquel país a Luis Carlos Galán, un candidato presidencial que prometía, como ahora lo hacía Villavicencio, acabar con la violencia de las familias ligadas a la droga.

Pero las semejanzas más objetivas provienen de otras constataciones. Este año Ecuador desplazó a Colombia como el primer exportador mundial de cocaína, según datos de las Naciones Unidas citados por la BBC de Londres. Colombia sigue siendo el principal productor, pero modificó su logística.

“Como parte de una reconfiguración del mercado de las drogas, para los narcotraficantes se vuelve más rentable exportar por Guayaquil que por el Pacífico colombiano, porque las fuerzas de seguridad son menos sofisticadas que en Colombia y porque Guayaquil tiene una vieja tradición portuaria”, explica a esa cadena Elizabeth Dickinson, analista de The International Crisis Group, una organización especializada, con base en Bruselas.

Partidarios del político asesinado, reclaman justicia.  AFP


Partidarios del político asesinado, reclaman justicia. AFP

El principal error, cuando ya es tarde para suprimir a estas mafias, sería el despliegue del ejército. El presidente mexicano Felipe Calderón, que gobernó entre el 2006 y el 2012, usó ese procedimiento y acabó descubriendo lo mismo que ya ocurre en Ecuador: la cooptación de las fuerzas militares por los narcos.

​“Eso llega a fiscales y a jueces”, señala con conocimiento Renato Rivera, analista en Quito del crimen organizado. El único modo de enfrentar este desafío, afirman los analistas, es haciendo inteligencia, detectando sus estructuras, y desarmándolas una a una. Tarea lenta, difícil y muchas veces frustrante.

También, por cierto, contribuiría la modificación de las circunstancias sociales que hacen posible el crecimiento de las mafias que, en medio de las carencias, acaban constituyéndose en empleadores privilegiados.

Números oficiales reconocen que menos de cuatro sobre diez trabajadores ecuatorianos están adecuadamente empleados, en blanco. Pero la mayoría gana menos de la renta necesaria para sobrevivir. Otra calamidad endémica en la región. .
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